El dia que me despedí de ti.


Sé que se aproxima el día de despedirnos. 

Me aferro a todos los recuerdos que tengo contigo 

para regresarlos a nuestro lado mientras sostengo tu mano. 

Quiero preguntarte todo lo que no podré preguntarte mañana, 

y me aterra la posibilidad de no acordarme de tus respuestas. 

Trato de sacarte carcajadas, 

las quiero todas para que se queden conmigo. 

Me doy cuenta que nunca acepté que no eres para siempre, 

no quise saberlo porque me habría roto el corazón como lo tengo ahora. 

Sostengo mis lágrimas para no darte una preocupación más, 

pero quisiera llorar en tus brazos y que me asegures que esta tristeza va a pasar. 

Quiero que me acompañes el día que te vayas 

y que me enseñes en dónde vas a estar para poder visitarte cuando te extrañe más. 

No sé cómo despedirme de ti, 

pero sé que pronto tendré que hacerlo, 

y ese día morirá una parte de mí. 

Gracias por todo papá, me harás falta por siempre.


Consulté con una tanatóloga que me dijo que no había mejor momento que ahora para leerte la despedida que te escribí unos meses atrás, antes de tu operación, antes de saber que el cáncer ya había ganado camino. No me lo habías dicho pero desde el último verano intuí que no estarías aquí el que sigue. 

Cuando estuviste lo suficientemente fuerte, la doctora decidió que era momento de radiarte otra parte de la espalda, donde tenías células cancerosas que en cualquier momento llegaban a tu cuello y podrían afectar tu movilidad en el torso y posiblemente tu lucidez. Este tratamiento lastimó tu garganta, dificultando tu capacidad para tragar alimentos y para hablar. Pensábamos que todavía había manera de engañar a la flaca, pero después de esto se hizo evidente que no sería el caso, que teníamos los minutos a tu lado contados. 

Esa tarde traté de animarte, contando chistes y platicando de lo que pasaba en el mundo. Perdiste interés y me ignoraste. Mi tía Gaby, tu hermanita, te comentó que yo estaba escribiendo tu historia, y empezó a jugar con la idea de quién interpretaría tu personaje. "Alain Delon!". Sonreíste y alzaste los hombros, como diciendo "Apenas". Después volteaste la cara, alejándote de la plática. Te pregunté que si querías que siguiéramos leyendo "Peregrina", uno de tus libros favoritos sobre el romance entre Felipe Carrillo Puerto y Alma Reed. Me dijiste no con movimientos sutiles de la cabeza. Podía verlo en tu cara... ya era casi momento de partir. 

Me inundó una tristeza inmensa. El resto de la tarde me quedé en silencio, recorriendo cada instante de mis recuerdos contigo. En la noche mi hermano grande y yo fuimos al muelle a ver las nubes y las estrellas. Él ya se había despedido de tí una noches atrás. Sin decir adiós, reconoció todas las cosas que hiciste por él desde niño hasta ese momento. Entre ellas, guardar silencio para protegerlo. Esa noche mi hermano el militar, el abogado, el tarzán lloró y rió contigo. Al final te prometió ser igual de buen padre como lo fuiste tú, a lo que respondiste con tu emblemática subida de ceja. Mario tu hijo se rió a carcajadas y corrigió: "Seré mejor papá que tú". Tú respondiste con una sonrisa. 

El Güero y yo disfrutamos mucho jugando algo que hacía mucho de niña: encontrar figuras en las nubes que pasaban sobre nosotros. De pronto sentí una fuerza inexplicable. Le dije a mi hermano que me iría a dar un baño y después pasaría a hablar contigo. 

Mientras estaba bajo la regadera repasé un poco lo que quería decirte. Me puse un vestido blanco de algodón muy bonito y acomodé mi pelo. Respiré hondo y bajé los tres pisos desde mi habitación para llegar a tu cuarto improvisado en lo que era tu oficina. 

Lo primero que hice fue tomar tu mano, como lo he hecho desde siempre. Observando con cuidado las venas que saltan en tu piel. Con dos dedos, el índice y el cordial, planché una de ellas, y después de unos segundos los solté para ver como la sangre te seguía llenando de vida.  Acosté la parte superior de mi cuerpo junto a tu pecho en un abrazo y después de darte un beso en la frente, entre lágrimas finalmente me atreví a hablar. 

Papá, yo no quiero que te vayas nunca, pero si es momento de hacerlo tienes que saber que no tienes ningún pendiente. No existe ficción en el mundo que se pueda comparar con la infancia que me regalaste. Bautizaste una playa como mía. Me defendiste a capa y espada a veces de mis propios miedos. Colgada de tu cuello nadamos tomados del caparazón de una tortuga y juntos conquistamos el mar. Junto con mi mamá criaste a cuatro hijos fuertes, y todos estaremos pendientes de ella. Vamos a estar bien, puedes irte en paz. Solo tengo una ultima peticion, si es que puedes consentirme en una última cosa. Mi hermanito, quien es el único que no está aquí ahora, viene en camino para verte. Si pudieras esperarlo, seguramente le haría muy feliz poder despedirse de ti. Si no puedes esperar más, Fer y todos lo vamos a entender. 

Mi mamá estaba en el sofá a pocos pasos de nosotros. Se secó las lágrimas y me pidió que hoy durmiera yo a tu lado. Ella llevaba haciendo guardia desde que saliste del hospital y se separaba de ti muy pocos minutos al día. Le dije que si. Subí a ponerme pijama y baje nuevamente. Te di un beso y me acosté en la cama. El enfermero te tomo la presión antes de apagar la luz. 

Unas horas más tarde el enfermero, moviéndose muy lentamente, me despertó con voz solemne. "Sra. Gaby, le llama su papá". Lo primero que pensé es que ya era hora. Inmediatamente me arrepentí de haberme despedido de ti. Me acomodé el pelo en un chongo, me puse las pantuflas y me acerqué a ti. 

"¿Qué pasa papá?" Abriste los ojos para verme fijamente con esa mirada azul clara y profunda. Vi que estabas agarrando fuerza para hablar. Por fin me dijiste casi susurrando, "¿Ya llegó tu hermano?". No pude evitar carcajearme. "Papá, Fer esta en un avión y llega mañana antes del mediodía. Si no puedes esperarlo, ni modos, pero no me puedes estar despertando a cada rato. Ya viene en camino, ¿aguantas?". Sonreíste y asentiste con la cabeza. Y como de costumbre, cumpliste con tu palabra. 

Al día siguiente tuviste mucho dolor. Al exhalar decías "Ahhhhh", inhalabas suavemente y repetías "Ahhhhh". Sentiste unas palmaditas en el pecho y una voz de contestó "Ehhhh ihhhh ohhhh". Abriste los ojos y ahí estaba tu hijo menor, el que heredó la espalda de tu abuelo Alfredo y siguió tus pasos como arquitecto. Mostraste todos tus dientes para sonreírle al bebé de la familia. "Uhhhh". Soltaste carcajadas sin emitir sonido alguno. Habías perdido casi toda tu voz, pero jamás perdiste tu sentido del humor. 


Te quedaste un par de semanas más, suficiente tiempo para compartir la mesa con nosotros una última vez. 




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